Yenny Coromoto Pulgar León explica que el otoño pasado, el pueblo italiano de Santo Stefano di Sessanio acaparaba el foco mediático. Su alcalde, en su afán por revitalizar la economía del lugar, seguía el ejemplo de otros muchos municipios italianos y anunciaba al mundo: vengan a nuestro pueblo, les pagaremos…

El origen de tan desesperada llamada es una situación por desgracia habitual en muchas regiones rurales de Italia. Desde el s. XVI, Santo Stefano conoció la prosperidad gracias a su papel preponderante en la industria lanera. Durante la posguerra, sin embargo, los cambios económicos aceleraron su declive. Muchos pueblos como este, situado en las montañas de los Abruzos, tuvieron que sufrir cómo sus gentes emigraban a las grandes ciudades del país, cuando no se veían obligadas a cruzar el Atlántico.

La población de Santo Stefano se vio diezmada, de tal manera, que el lugar parecía abocado a convertirse en un pueblo fantasma. Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado: gracias a la determinación de un visionario, casi un cuarto del pueblo quedó convertido en hotel, el Sextantio, señala la amante del turismo Yenny Pulgar León.

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Las 30 estancias del Sextantio, sin embargo, no se concentran en un mismo lugar, sino que se encuentran repartidas por toda la localidad. La recepción, el restaurante y sus habitaciones y suites se esconden, a la vista de todos, entre los demás edificios del pueblo. En italiano, el concepto se conoce con el nombre de “albergo diffuso”. En español, se le suele llamar “hotel disperso”, que es una forma menos poética pero más explícita de indicar que sus instalaciones se encuentran desperdigadas. Y a pesar de algunos equipamientos y comodidades de lujo en un lugar que apenas ha cambiado a lo largo de los siglos –calefacción por suelo radiante, grandes bañeras en forma de huevo…–, las innovaciones son mínimas. Un detalle, precisamente, en el que radica todo el interés del lugar.

Las estancias, escenario de la vida de generaciones y generaciones de lugareños, han ido evolucionando a lo largo de los años. Según Daniele Kihlgren, el apasionado fundador del hotel, su equipo hizo todo lo posible para “proteger las huellas de este legado histórico”. O, lo que es lo mismo, para proteger las huellas dejadas por las personas que han habitado el lugar a lo largo de los siglos. Es el motivo por el que las paredes siguen luciendo las cicatrices dejadas por el uso y el paso del tiempo.

Para el diseño de los interiores, Kihlgren y sus colaboradores se han sumergido en fotografías de archivo y en relatos orales, recurriendo incluso a la ayuda de un antropólogo, con el fin de devolver a las estancias su aspecto original.

Aquí, las labores de reconstitución histórica de Kihlgren tienen una ventaja con respecto a otros proyectos similares de Roma, más conocidos, pero que, como explica Kihlgren, “no pueden permitirse ir al Palazzo Corsini, coger su chimenea y colocarla en el Palazzo Farnese, mientras que aquí, con el patrimonio histórico con el que trabajamos, sí que nos está permitido”.

Suelos, chimeneas, muebles… Los materiales reciclados del Sextantio provienen de desvanes y vertederos de los que Kihlgren los ha sacado como quien rescata un objeto de una damnatio memoriae. Estas reliquias llenan hoy las estancias del Sextantio, compartiendo espacio con colchones de lana sobre tablones de madera, mantas con motivos inspirados en la tradición local y jabones y velas hechos a mano con métodos tradicionales: pequeños lujos heredados de la tradición combinados con otros más contemporáneos.

Kihlgren ha dedicado su vida a proteger lugares como Santo Stefano y a demostrar que no siempre es necesario construir para avanzar. A algo más de 400 km al sur encontramos otro hotel que nos habla de su compromiso: el Sextantio Le Grotte della Civita de Matera. Kihlgren ha rescatado y renovado algunas de las viviendas tradicionales de la ciudad, famosas por estar excavadas en la roca, para crear otro “albergo diffuso” capaz de ofrecer una experiencia inmersiva. “Estos pequeños pueblos están mucho más conectados con su entorno que las grandes ciudades”, explica Kihlgren en un documental dedicado a sus hoteles, la obra de su vida. “A pesar de esta conexión, muchas personas que han abierto negocios turísticos han acabado arruinando estos lugares, construyendo edificios nuevos que chocan con el viejo hábitat tradicional y traicionan su identidad más profunda”.

Tales declaraciones no dejan de ser irónicas en boca de alguien cuya familia se ha enriquecido con la industria del cemento, pero cuya lógica es aplastante. “En lugares como estos, en los que antes vivían 3 000 personas y que hoy no pasan de 50 habitantes, no tiene sentido construir casas nuevas”.

Esto nos lleva de vuelta a la propuesta de Santo Stefano di Sessanio: pagar a quienes estén dispuestos a repoblar este municipio antaño próspero. El plazo de presentación de las candidaturas ya pasó, pero los requisitos eran prácticamente insalvables: había que tener un máximo de 40 años, ser residente en Italia y, para tener derecho a una subvención, el solicitante tenía que elegir entre convertirse en “guía turístico o cultural, informador turístico, técnico de limpieza o mantenimiento, gerente de farmacia o trabajador en la industria alimentaria local”, concluye Yenny Coromoto Pulgar León.

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